MUJERES PADAUNG DE TAILANDIA. CUELLOS DE JIRAFA.

Unos nos dejamos barba, otras van a la peluquería, y otras, como las mujeres Padaung (Yan Pa Doung) de Tailandia, estiran su cuello como símbolo de belleza y estatus social. Pueden llegar a ponerse hasta 27 anillos, que oprimen hacia abajo la clavícula y la cavidad de las costillas, creando de esa manera el efecto del cuello estirado, que les da el nombre de “cuellos de jirafa”.

Situado a pocos kilómetros de la ciudad de Chiang Mai, unas dos horas aproximadamente, se encuentran varias villas y aldeas, entre ellas la Villa Baan Tong Luang y aldeas como Hmong, Karen, Palong, Lisu, Akha y Long Neck; sitios preparados para que el turista olfatee la vida en comunidad de estas personas. Cuando llegas, la taquilla donde cobran la entrada al recinto (unos 500 bhts) te da la bienvenida, en este momento te das cuenta que estas entrando a la zona del espectáculo.

Estas personas en realidad son personajes famosos apartados de los medios y de la sociedad, pues muchos han sido protagonistas de documentales de National Geographic y otros tantos reportajes de canales de televisión, pero ahí siguen, vendiendo una sonrisa erguida por una foto a cambio de la compra de un souvenir. Como tu no eres el único turista invasor que merodea por sus alrededores y que se interesa en sus historias, muchas tienen preparadas fotografías y evidencias físicas que dan fé de su experiencia y sus relatos.

La sensación de cuello largo es realmente consecuencia de una deformación que se produce en la columna y el deterioro de la musculatura en la zona del cuello y los hombros, que produce su hundimiento. Este “amuleto” tenía como objetivo evitar mordeduras de tigres, aunque esta teoría no es aceptada en Tailandia porque los tigres no discriminan por género en sus ataques y los hombres de esa tribu no llevaron nunca ninguna protección. Otra hipótesis explica que con ese elemento alrededor del cuello se afea a las mujeres y así se evita que sean esclavizadas por otras tribus.

Por último, una tercera definición más lógica sugiere que los anillos constituyen un estatus social, mientras mayor cantidad de argollas posean, mayor atractivo, experiencia y rango. Es por ello, que la continuidad de su uso es la conservación de una tradición milenaria. Pocas veces se quitan sus anillos, no porque no sean capaces de sostener su cabeza o porque se les vaya a dislocar el cuello, sino porque para ellas, la ausencia de anillos es como estar desnudas ante el mundo.

Dicha etnia proviene originalmente de Birmania, considerada una de las minorías étnicas tibeto-birmanas que emigró a Tailandia debido al conflicto con el régimen militar de ese país en 1975. Actualmente, sufren el drama de no ser reconocidos jurídicamente ni por Birmania ni por el Reino de Siam (Tailandia), por tanto, no tienen derechos, no pueden trabajar, carecen de documentos de identidad oficial, con estatus de “refugiados” e invisibles al gobierno. Es por ello, que una de sus fuentes de sustento, al menos la más fácil, sea intercambiar privacidad por acceso turístico.

De cualquier forma, hay que pensarlo dos o tres veces antes de juzgar o emitir un juicio negativo sobre la forma que han escogido estas personas de ganarse la vida ante la encerrona que les ha puesto la sociedad en la viven, recuerda que en Tailandia el turismo sexual aflora donde mires, con mejores ingresos económicos y con la posibilidad de llevar una vida material más cómoda con tan solo darle placer carnal a uno de estos turístas.

En el año 2016, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) lanzó el vídeo anterior animando a los tailandeses a ayudar a los refugiados de Myanmar (Birmania) que viven en la frontera de ambos países. Bajo el título “La Vida de Pa Thu”, el vídeo puso de manifiesto la situación de los niños refugiados y es parte de la campaña “Namjai (generosidad) por los refugiados”, cuyo objetivo es ayudar a los 106.000 refugiados de Myanmar que vivían o viven en los refugios de Tailandia.

Estos locales habitan modestas casas de bambú abiertas a la intimidad, donde en sus “portales” se dedican a tejer, tocar la guitarra, descansar en cómodas hamacas y ofertar una gran cantidad de souvenirs. Sus caminos son de tierra, sin afaltar, ya sería el colmo, aunque siempre se puede invadir un poco más.

Siguiendo la teoría del “daño colateral” que tanto le gustaba mencionar a Bush, es cierto que si no fueran por esas calles pavimentadas y la coordinación turística, tal vez nunca hubiésemos conocido esta cultura y ellos seguirían siendo tan felices con sus cosechas, tejiendo y sosteniendo aros en el cuello en calidad de refugiados.

No obstante, aunque la experienca auténtica es inexistente, caminar un poco fuera del área delimitada sirve para analizar con más en detalle las construcciones y forma de vida de sus residentes, pues cuando los “guiris” se van, ellos siguen con su vida social tan tranquilamente. En esa exploración, fue cuando encontramos una construcción que no coincidía con el resto, cual objeto anacrónico que intenta camuflarse mientras ostenta un nivel superior para atraer en silencio a los más inocentes.

Pues esta construcción no era ni más ni menos que una iglesia católica, en medio de una población que hace pocos años aún era considerada una comunidad indígena. Ahí estaban los portadores del evangelio, con sus cruzadas templarias vendiendo felicidad a cambio de que te dejes insertar su veneno.

A principios del siglo XIX, comenzó el proselitismo cristiano de las tribus de las montañas de Myanmar. Los bautistas estadounidenses, pero más aún los misioneros católicos de Italia, convirtieron a pueblos enteros al cristianismo. Otros de ellos recurrieron al budismo o permanecieron fieles a sus creencias tradicionales. A pesar de la presión misionera contra sus costumbres consideradas paganas, muchos de estos rituales, especialmente las ceremonias de limpieza y el oráculo del pollo, han logrado sobrevivir hasta la actualidad.  

Los misioneros italianos hicieron su trabajo, cavaron profundo durante muchos años y hoy en día la mayoría de los Padaung y Kayaw son católicos romanos. Estadísticas publicadas en el año 2005 enumeraron 306 pueblos Padaung, de los cuales 209 habitantes eran católicos romanos, 32 bautistas y 44 budistas. Sólo 2 pertenecían a la organización de la sociedad civil Byamaso.

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